lunes, 15 de noviembre de 2010

Cartas al Director



Las cartas al Director, como todo el mundo sabe, es un subgénero de los artículos de opinión periodísticos, en el que el lector puede manifestar su opinión sobre noticias, asuntos, ideas, etc. de actualidad y que, después de un potentísimo filtro ("Tenemos miles de cartas y sólo nos caben dos en la próxima edición"; " ¿qué hacemos con esta mierdra?  ¿A la papelera o se la enviamos a los del twiter para que le vayan dando?"; "Pon esta, que es de mi primo y mañana es su cumpleaños"; etc.), suelen caracterizarse por manifestar todo tipo de opinión y estilo. En cuanto a esto del estilo, suelen destacar las que tratan de mejorar los columnistas y editorialistas del propio periódico, los que aspiran al premio Nobel de las Letras e, incluso, los que consiguen entrar en el Libro de los Insultos, porque a última hora se le coló al redactor y le quedaba un hueco por rellenar.
     No obstante, son muchas las que suelen aportar tanto ideas como textos atractivos y dignos de ser leídos.

(CONVIENE QUE EN CASO DE EXAMEN O TRABAJO "SERIO" este mensaje se autodestruya y que nadie lo use como cita de autoridad. Por ejemplo: "Según el profesor de lengua, las cartas al director son una..." De eso nada. ¡Yo no he dicho nada! ¿Vale?)

No es mi función analizar la siguiente Carta al Director ni opinar sobre ella, pero la expongo para que manifestéis si la consideráis una muestra de regocijo, refocilo o prudente y discreta reflexión. A vos otros os toca elegir y manifestaros.

Por cierto... De paso, he hecho un poco de publicidad con la imagen inicial, para ver si los del anuncio se dan por aludidos y os subvencionan algo del viaje de Fin de Curso o Carrera o Lo Que Sea.
     También lo he puesto porque le encuentro algo extraño a la imagen, aunque es un no sé qué...

ADULTESCENTES

Ni generación X, ni Y, ni Z, ni nada que se le parezca. Pertenezco a la que ya puede ser oficialmente denominada como la generación perdida. Tengo 32 años, mis padres son profesores. Estudié una licenciatura y regento dos negocios vinculados con ella. Con 18 años me fui de casa a estudiar, como tantos. Con 23 me puse a trabajar de lo que estudié, cobrando poco, como tantos. Con 26 me marché definitivamente de casa de mis padres. Con 27 abrí mi primer negocio. Con 28 me casé. Con 29 tuve mi primera hija. Con 30 abrí mi segundo negocio y tuve mi segunda hija. Me arriesgué. Hoy sufro la crisis, como la mayoría, pero la sufro porque he tenido que bajar precios Y me toca trabajar más para ganar lo mismo.
Me arriesgué. Emprendí. Arriesgo y emprendo. Lo hago todos los días y no me queda más remedio. No es lo que nos han enseñado a los de mi generación. Nos dijeron que estudiáramos y tendríamos la vida solucionada, y nos dejamos engañar y ahora lloriqueamos porque ni siquiera nos han llegado a robar el queso porque este no ha dejado nunca de ser una ilusión, una falsa promesa. El mensaje era erróneo, en lugar de decirnos que estudiar era un fin en sí mismo, deberían habernos dicho que era una herramienta, que demostráramos nuestra valía y que si para ello necesitábamos un trozo de papel que la acreditara, un título, que lo obtuviéramos, y que si decidíamos cultivamos estudiando alguna titulación con difícil salida laboral, que lo hiciéramos, pero sin culpar a nadie de que la sociedad no demande profesionales con determinadas titulaciones.
Ya lo sabíamos, pero nos dejamos engañar. Era más cómodo. Nos permitía alargar la adultescencia y hacer botellones con casi 30 años. Y ahora, a llorar. El que quiera peces que se moje el culo.
Gracias, señor Loriga, por desnudar la puerilidad de mi generación.
RAFAEL VILA I TELLO. Alzira (Valencia)

No hay comentarios: